lunes, 8 de noviembre de 2010

AL SALUDO VALLENATO NO LO PUEDEN MATAR

Al folclor vallenato no se le debe desmembrar a uno de sus miembros preferidos porque queda como viudo con mujer viva.
A la música vallenata poco a poco se le ha ido quitando parte de su herencia, comenzando con la modernización continua de sus aires representativos. Se mira con preocupación cómo se está tratando de borrar de la piel del folclor vallenato su tatuaje indeleble como lo es el saludo espontáneo de sus intérpretes para alguien o algo especial para ellos.
Desde antes de que la música vallenata existiera como tal, cuando lo que expresaba el campesino al inspirarlo una tarde de sol de los venados en su acordeón sin acompañantes era dedicarle su canto lastimero a quien estuviera por allí, el saludo es la sangre que corre por las venas de la música vallenata. Es quien la nutre de autenticidad.
Desafortunadamente hoy con la excusa inaceptable de internacionalizar nuestra música se tiene que matar y enterrar tres metros bajo tierra a su hijo más dilecto dizque porque no encaja en el nuevo mensaje que se quiere mostrar al mundo. Eso es un tremendo error. ¿Qué vaina es esa?

Si al mundo le ha llamado la atención esta música con arraigos bucólicos bien definidos se le debe de seguir mostrando así tal cual como es. Como es ella. Porque de otra manera, se estaría entregando al mundo para su deleite una música que le falta el centavo para el peso y eso no es autóctono, y ese algo que le falta es el saludo vallenato, su razón de ser.

Si se observa por ejemplo, la música ranchera que Méjico orgullosamente le muestra al mundo, no ha dejado de ser lo que es. Y el mundo así la acepta, así la quiere y así la canta. No ha sufrido cambios. Entonces a nuestra música vallenata por qué tenemos que cercenarla para mostrarla inválida, porque le falta lo mejor, como si nos sintiéramos avergonzados de la canción y del cantante que saluda a un amigo campesino en la población de Garrapata, Magdalena; o de la canción y el cantante que saluda muy cariñosamente al Cojito Palmar en el caserío de Guarero, en la frontera; por decir sólo dos ejemplos de los tantos que hay. Al contrario: se debe seguir saludando a todos los campesinos de todas las Garrapata, Magdalena; y a todos los miles de Cojito Palmar de todos los Guarero. No debemos sentirnos avergonzados por eso. Es nuestra cultura, es nuestra cédula de ciudadanía, nuestro pasaporte para mostrar al mundo, y así nos quieren y nos admiran.

Las casas discográficas cuando remasterizan temas inmortales de grandes grupos vallenatos además de distorsionar su grabación original añadiéndole toda clase de instrumentos ajenos al vallenato, le quitan de un sablazo los saludos contenidos en cada canción.

Hay canciones vallenatas que se recuerdan más por la manera como el cantante saluda a un determinado lugar o persona que por la canción en sí.
Debiéramos dejar que el mundo sea quien diga si le gusta el vallenato con todos sus encantos o si lo desean como algunos pocos se lo han embutido por los ojos: así, sin uno de sus componentes esenciales con el único deseo mezquino de vender, lo demás no importa. Algo así como el que venga atrás que arrée, desdibujando de lo que ya está nuestra música.

No es necesario invitar a cantantes de otros géneros, todos respetables por supuesto, para que nos ayuden a “internacionalizar” nuestra herencia musical. Es como si tuviéramos dos caras: la que mostramos aquí en el patio de la casa y la que queremos mostrar fuera. Es lamentable porque el vallenato se abre puertas solito por donde quiera que vaya, con sus mensajes, su autenticidad, su cadencia musical, su estilo característico, y, por supuesto, con su saludo inmortal.

La música vallenata pura, la que contiene sin vergüenza alguna saludos hermosos, debe seguir siendo esa que el hijo del embajador de Francia en Colombia le pide a gritos que por favor le lleve a su natal París, que es lo único que quiere escuchar; debe seguir siendo esa que el pueblo Guatemalteco ovaciona, y la ciudad de Monterrey, Méjico, ha aceptado como suya; la que el expresidente estadounidense Clinton silba todas las mañanitas recordando nuestro mar caribe; la que en España se escucha por doquier y Rusia canta, aunque en álgebra, pero la canta.

No hay necesidad de mutilar al vallenato, de matarle el saludo, de irle limitando su mensaje, de inventar tonterías, para decirle al universo que en un rincón de Colombia está la música más bella del mundo.

El saludo vallenato espontáneo no debe morir. Así como es el alma de las parrandas debe seguir estando presente cuando se graba una canción. Los cantantes deben ayudarnos a conservar esa herencia.

El saludo vallenato no puede desaparecer. No tiene por qué. Somos más quienes lo añoramos y lo queremos. Eso no debe suceder nunca.
Si no, pregúntenle al cantante Iván Villazón cómo le fue con su álbum “El desafío”, al experimentar lanzarlo sin un saludo. Fue un desastre.

Es cierto también que la espontaneidad del saludo se está perdiendo. Hay cantantes que venden el hecho simple de nombrar a alguien en una canción. Antes, eso salía del corazón.
Ojalá se vuelvan
a escuchar saludos maravillosos y llenos de folclor como los que se escuchaban antes, como por ejemplo: “Y ahí le mandamos un abrazo a Chimichagüa, la tierra de Camilo…” (Diomedes Díaz); Oye, Mono Daza, ¿no se conseguirá un chivo en Río Seco? (Poncho Zuleta); para mi viejo Pancho Zabaleta, en El Molino, (Beto Zabaleta); Darío José Pavajeau Baute, allá en el Valle, (Rafael Orozco); oye, Nabo Cogollo, en Cereté, (Jorge Oñate); por decir algunos…

Isyo, que no asesinen al saludo vallenato, si eso pasa ¿cómo queda Patillal si se muere el Chema Guerra?.
Un saludo bien vallenato para el mundo entero de parte de esta música bella, de esta música nuestra.

No hay comentarios: