lunes, 12 de mayo de 2014

DIOMEDES DÍAZ: DE EMBUSTE EMBUSTE

“Carajo, Mede, tu tenei unos gustos como pa´ ti solo…, estás enamora’o de una pel’á que tiene la barriga pegá al espinazo de lo flaca, tanta mujer gordita por ahí. Yo me imagino que cuando la abrazai ella quedará como mojarra en pulla de fritá pesca’o…”. Era Martín Maestre, tío de un muchacho que tenía la cabeza llena de cucarachas y versos sin desbravar, su respuesta era, como siempre, una risa llena de fuegos pirotécnicos. Yo creo que por la mayoría de caminos que he transitado en la vida de manera consciente o inconsciente siempre me he tropezado con alguna canción en forma de piedra que cantas. En mi adolescencia compraba los casetes con las presentaciones en vivo que hacías y me volví adicto a tus cantos, caramba, para que ahora me salgas con el cuento triste de que te vas y me vas a dejar viendo un chispero. Eso es una falta de consideración para alguien que creció escuchando tus canciones, tus ocurrencias, tus refranes: “No me gusta decir adiós, Riohacha, porque es una honda palabra que inventó la tristeza…pero fue un conjunto sencillo el que llenó la Mata’e caña…” Los vendedores ambulantes llegaban a San Fernando, y si yo no estaba en la casa, me dejaban los casetes tuyos, en caseta como se decía entonces, con mi hermana Isyoli sin saber si tenía con qué pagarlos: dígale a su hermano que son 4 a 300 pesos cada uno, oyó…” He sido uno de los pocos aficionados a tu canto vallenato que investiga tu otro lado de artista, que voy más allá de lo común, que me fijo en los detalles nimios y he descubierto a un ser que lo único que quiere es que le hagan la caridad de pararle bolas. Fui el primero, creo, en escribir sobre tu vida para el periódico de la Universidad de Antioquia, y me llovieron rayos y centellas cuando dije que parecías una pieza de museo. Pero es verdad: pareces pieza de museo, porque admiro todo de ti hasta 1989 cuando empezaste a descarriarte hasta un domingo antes de navidad que te fuiste sin despedirte de mí, desagradecido, tanto como te admiraba y escucho tus cantos desde 1976 hasta 1989, insisto. Fue tu mejor época. Y ahora te vas dejándome sin a quien fregarle la paciencia simplemente porque te dio la gana. Vuelve a “La Virgen del Carmen” así sea para que llames a uno de tus tantos compadres a quejarte que tu ahijado no llegó para trabajar en esa finca famosa dizque porque a la esposa no le gusta tu música; y tu compadre te respondió, que qué pena, con usted, compadrito, que mi hijo le haya quedado mal, vea, le voy a echar un cuento de ese muchacho: cuando él nació, la mama lo tiraba en la sala en el suelo pela’o, oyó…y teníamos una puerca, el bendito animal entró y se llevó al muchacho recién nacido en la boca, como si fuera una yuca, y yo corrí detrás de la puerca y se lo quité en la plaza, oyó. Compa, si yo sé que su ahija’o le va a quedar mal por miedo a la mujer yo dejo que se lo coma la puerca!!. Vuelve, así sea para que te atormente el paso de los años, para que jures y vuelvas a jurar que cambiarás, que no eres malo, y lo olvides al instante; vuelve, para que le hagas la promesa de siempre a la Virgen y no la cumplas porque tú eres tú y punto. A lo mejor no volverás porque siempre deseaste estar allá, así fuera prestado, con tu tío Martín, y decirle, carajo, tío, qué dura que es la vida, ya me sentía con el sol en la espalda, tío, qué vaina; y ya ni siquiera me mojaba la barba cuando orinaba, siendo esa mi mayor virtud, no joda, tío; al menos acá con usted, tío, no tengo que disimular que ya no doy para más, que vuelvo a ser lo que quise: aquel niño cuasi desnudo que espanta las cotorras para que no se coman el maíz biche, y despertar con la sensación de amanecer sucio de mierda de gallina pero feliz e indocumentado. Vuelve para que sigas haciendo ricos a los empresarios mientras tú te disminuías anímicamente, tanto que tenías que salir corriendo en busca de un abrazo, de una sonrisa, de un consuelo que sólo encontrabas en los vicios prohibidos. Dime en esta noche de mala luna que todo es de embuste, embuste; que nunca compusiste ni la cama de pencas donde dormías cuando pobre mucho menos una canción; dime en esta noche oscura como tu destino que al igual que el escritor peludo y bacano de Juan Gossaín nunca te pusiste calzoncillos porque a diferencia de él no tenías para comprarlos; que siempre has sido y serás el campesino frustrado que quiso ser compositor y cantar sus propios pesares pero que nunca lo logró. Dime en esta noche triste que todo es mentira, que tú nunca exististe, que nunca te llamaste Diomedes y jamás me cautivaste con tus cantos. Dime en esta noche llena de espantos que todo ha sido un invento, que lo único que es cierto en toda tu vida es lo que dijo el juglar sabanero Enrique Díaz de ti: “es un señor al que uno de los ojos no le hace caso…” FABIO FERNANDO MEZA fafermezdel@gmail.com SAN FERNANDO, MAGDALENA, DICIEMBRE DE 2013

domingo, 23 de junio de 2013

BUENAS NOCHES, MAESTRO LEANDRO, BUENAS NOCHES…

Las personas de la generación del compositor vallenato, Leandro Díaz Duarte, tienen como común denominador su longevidad. Por estos días el autor de temas como “los tocaimeros”, “mi pueblo”, “soy”, entre otros, está de plácemes. Tener a esta leyenda viva del folclor todavía paseándose por las calles llenas de recuerdos del barrio San Fernando de Valledupar es un regalo de Dios. Sí, a esa persona a quien la pena no lo matado, porque cuando ella lo ataca sin misericordia, él se pone a cantar y se alivia. El maestro Leandro, como el que más, nos ha enseñado que “lo que se aprende, de pronto se olvida, si no se cursa, no es valedero, lo que nace con uno es eterno…” Hoy debemos darle gracias a quien todo lo puede y todo lo hace, por permitirnos 80 años tenerlo y multiplicarlo por 77 veces 7 para que no cruce la esquina… Aunque ya no practica sus artes quirománticas es un buen adivinador del futuro y sabe que todavía le esperan muchos sueños por realizar, muchas muestras de cariño del público que lo quiere y lo sigue como en sus bellas épocas de correrías por los caminos desiertos de la Guajira. A lo mejor el maestro Leandro sueña con que en uno de sus infinitos onomásticos que le faltan, se presente el cantante Diomedes Díaz con su chinchorrito y sus respectivas manilitas que le prometió un día cualquiera cuando fue de visita a solicitarle una canción para ser incluida en el álbum “dos Grandes”. Por supuesto que el maestro no está resentido, aunque le “haló” la oreja al cacique cuando éste le grabo “Bajo el palo e’ mango” en “un ritmo raro”, como dice el maestro. A este cardón guajiro que no lo marchita el sol, propio de esas tierras donde sólo sobreviven seres humanos especiales como él, que peleó con su destino cuando empezaba a cantar, y el destino resolvió dejarlo vivo por su bien o por su mal, está hoy como nunca: como un guayacán a punto de volverse roca. Las canciones del maestro Leandro reflejan la cotidianidad del pueblo costeño. Y los golpes que la vida le ha dado de manera injusta. Lástima que esta vez el maestro Escalona no vaya a su fiesta, y no es por culpa de Colacho: “díganle a Leandro Díaz/ díganle si lo encuentran/ que yo no fui a su fiesta/ fue por Nicolás Elías/ yo convidé a Colacho y Colacho se emborrachó…/ pa’ que vea que no es sincero ese caracolicero/ pa´que vea que dice mentiras ese Nicolás Elías… La nostalgia a veces le arruga el corazón al recordar los amigos que se han ido, y el pasado que no está. Pero luego se recupera y sabe más que nadie que “natural es aquella persona que sin estudio también se defiende”. Por mucho tiempo escuchará decir que ene l mundo hay auroras, claribellas sin comparación y él con su imaginación sabiendo amar y querer su memoria. Maestro Leandro: Buenas noches, buenas noches, maestro Leandro… FABIO FERNANDO MEZA fafermezdel@gmail.com MEDELLÍN, 20 DE FEBRERO DE 2008

lunes, 10 de junio de 2013

SI LOS HIJOS SUPIERAN CUÁNTO LOS QUIERE UNO… Canta y no sabe que la estoy escuchando. No tiene idea que su sola presencia hace desaparecer los amargos momentos de un mal día. No la dominan las alternativas modernas del entretenimiento. A veces, no sé cómo soporta los malos ratos sin fundamento que el destino le lanza. Dicen que es bonita. Decirlo yo sería injusto, pero la gente la admira. Para ella no ha sido fácil nada ni siquiera el hecho de nacer. Ha pasado por momentos difíciles a pesar de su corta edad y todavía sueña con ser de todo un poco. Menos mal que existen los hijos, porque su sola sonrisa es capaz de recomponer el mundo y desarmar al más valiente y más cuando con toda la sinceridad de que están investidos por mandato celestial preguntan: ¿papá, tú me quieres? Y después de tragar grueso uno le responde sin pizca de duda: ¡con toda el alma! Sueñan, tienen ganas de conquistar al mundo y con el borrador de nata de la escuela quisieran con toda sus fuerzas borrar tanta injusticia y tanta violencia que ven en la televisión cuando se sientan por accidente frente a ella buscando dibujos animados. Creo que maduró biche. Entre el cariño sincero de sus tíos, el amor callado de su padre y cantos vallenatos viejos y ensordecedores desde las 4 de la mañana ha crecido, al parecer, sin resentimientos. Tiene la difícil facultad de plasmar en la pared con un trozo de carbón de leña todo lo que la rodea y el resultado es tan real que da miedo tanta coincidencia. Cuando se ríe parece que todo se detuviera al compás de su risa llena de juegos pirotécnicos, luego brinca y salta, porque sabe que es capaz de mirar el sol en las noches e imponer su criterio sin contaminar que guarda en su corazón de niña soñadora. Ha cultivado la costumbre familiar de gustarle el campo, de amar a los animales y descargar en ellos toda la ternura que guarda en los bolsillos de su pantalón con flecos y remiendos de fábrica. Yo no la he visto llorar pero lo ha hecho muchas veces por lo injusto que a veces son los sábados y los domingos con ella, pero todo cambia cuando se le aparece la virgen vestida como su tía. A su edad yo no lo hubiera soportado. Por eso la admiro. Todo lo que se proponga lo logrará porque tiene garra, porque tiene alma y porque en su cuerpo de gacela ya todo le resbala y no para bolas a lo que la pueda lastimar sin razón. Sin duda hay muchas hijas en el mundo. Así, imponentes, que todo se lo ha disputado al destino sin quedarle a ella ninguna cicatriz, que todo cuanto ha logrado lo guarda en su alma para comentárselo alguna noche de lluvias torrenciales con un brillo en los ojos a su millón de amigos, que quienes se han convertido en sus cómplices de picardías, de juegos y sueños imposibles para otros menos para ella. Los padres casi nunca les decimos a los hijos en la cara cuánto los amamos y ellos casi nunca lo escuchan de nuestros labios sino de nuestras acciones. Pero si ellos supieran cuánto los quiere uno correrían a regalarnos otro abrazo aparte del que nos han dado en esta mañana y maniatarnos con su rostro salpicado de felicidad, una sonrisa que florece con facilidad y que digan en costeño limpio que ¡qué carajo! Que todo es nada, que nada les queda grande, ni siquiera vencer su timidez ni el palo en su rueda del progreso que le pone el destino. Así son los hijos. Como hay millones de hijos en el mundo: con sus ojos y cabellos azabaches, sus manos llenas de sueños por realizar, su cuerpo alto y delgado y sus dos corazones: uno a cada lado del pecho repleto de cariño y dulzura que heredó de sus antepasados y que esparce cada vez que camina por las calles sembradas de árboles que la veneran allá en el pueblo donde nació una madrugada de octubre. Niña linda, cuando comiences a transitar por el mundo, no te dejes conquistar por él. Que sea todo lo contrario. Y no olvides que te amo cantidades enormes. FABIO FERNANDO MEZA fafermezdel@gmail.com

domingo, 26 de agosto de 2012

EL SANFERNANDERO DE LAS PEQUEÑAS COSAS A LO GRANDE.

Hace mucho tiempo vengo escuchando noticias suyas y ya no me sorprende. Y lo mejor de él es que hace las cosas porque le sale del corazón o a lo mejor lo heredó de su admirada mamá, o ambas cosas a la vez. Este ser humano con ese don de gente y su preocupación constante por tratar de que nuestro pueblo supere tantos sinsabores no nacen todos los días, con dos personas más con su perfil el pueblo de San Fernando volvería a ser lo que alguna vez fue. Creo que fui una de las primeras personas que supo que cuando “fuera grande” iba a ser un referente importante. No me equivoqué. De niños hablábamos de estos temas y de otros no menos importantes, además de jugar en esa especie de cañón que hay o había entre las casas del señor Atenor Aguilar y la casa de la familia Rico, en San Fernando, por supuesto. Recuerdo que lo único que nos obstaculizaba lanzarnos por ese callejón tenebroso que era un abismo hacia el barranco eran los caballos del señor Rosemberg Jiménez, que el señor Porras, su trabajador, amarraba en la cerca de palo de su suegra, donde vivía. A veces se nos perdía la mirada en el horizonte y tratábamos en vano de mirar desde ahí el río y a nuestro modo comenzábamos a componer el mundo, y mucho más cuando comenzamos a estudiar bachillerato y nos la pasábamos más ahí en ese cañón -que él un día bautizó con un nombre impronunciable pero que después se nos volvió familiar- que en el salón de clases porque por lo general no había profesores. Muchas de las cosas que ha liderado y llevado a la meta con éxito en el pueblo desde que tuvo certeza de la influencia de sus palabras, yo se las había escuchado desde que éramos felices e indocumentados, incluso, aprendí a interpretar sus largos silencios cuando se abstraía del mundo y se chupaba el dedo de la mano izquierda y con la otra se hacía una especie de laberinto en la moña. Me imagino que ya dejó de hacerlo. La que siempre lo molestaba por esa especie de manía era su hermana quien también estudiaba con nosotros y en medio de la inocencia de ese tiempo lo amenazaba con decírselo a la mamá. Desde esa época y quizás desde mucho antes, más que hermanos son amigos y eso siempre lo admiro en todos ellos. Qué bueno que todas sus iniciativas tengan eco en la mayoría de sanfernaderos, los que están dentro y fuera del pueblo. Hasta nos ha enseñado a cambiar los paradigmas con que vivimos más del siglo y a levantar la cabeza y exigir. Para mí es un líder, porque un líder es ayudar sin tantas pretensiones a mejorar la calidad de vida de toda una comunidad sin esperar nada a cambio. Además ha hecho en silencio tantas cosas por tanta gente que nadie se ha dado cuenta. Es un excelente profesional e igual ser humano y estoy seguro que buen hijo, buen hermano y buen papá. Además es como las tejas Ajover, que sólo le pasa la luz y no los años. Hace un tiempo tuve el honor de hablar con él, y lo hicimos como en aquellos tiempos, sentados en el piso de la escuela sin importar el tiempo ni el lugar y nos pusimos al día después de muchos años sin vernos. Confieso que al volver a saludarlo sentí la misma emoción extraña pero sabrosa que sentía cuando nos lanzábamos por el cañón ese del barranco de la Albarrada y rogábamos que ese sitio no desapareciera jamás y lo teníamos como testigo de nuestra amistad que quedó sellada más allá del bien y del mal desde siempre y para siempre a pesar de nuestros largos silencio, s y sentí que el mundo no había dado vueltas la vez que nos encontramos y volvimos a ser esos adolescentes con ansias de cambiar todo lo que en San Fernando nos oprimía el corazón y no nos dejaba respirar. En lo más profundo de su ser él sabe que puede contar conmigo más allá de todo así yo no sepa nada de Ingeniería Electrónica, campo donde es una eminencia. Y que siempre lo voy a admirar por mirar más allá del horizonte y amar tanto a ese pueblo del que a lo mejor sin razón, el señor Marcelino Puerta dijera alguna vez que “era hermoso pero sin nadie adentro”. Alguna vez alguien dijo que los verdaderos amigos eran los que sobrevivían a la infancia y quien lo dijo tiene toda la razón, porque a veces los amigos conocemos más de nosotros mismos mejor que los hermanos, y somos depositarios de secretos que sólo nosotros podemos guardar. Un abrazo a este líder por naturaleza, a este ser humano que se preocupa por las situaciones difíciles del pueblo como ningún otro, y que sigue soñando con volver a verlo como era antes, incluida las noches sin luceros, las tardes interminables de fútbol e ir a encerrar las vacas juntos. Y cuantos sinsabores y decepciones de sus paisanos no le han arrancado más de una lágrima pero él sabe llorar en silencio. Ya no puede vivir sin ir allá y siempre encuentra un huequito en su apretada agenda para irse de Cartagena a San Fernando a buscar la gastritis perdida a causa de un bollo de mazorca con el suero famoso de su tía que siempre es reconfortante en el desayuno, y más si va acompañado de cuentos y anécdotas que le alimentan el alma. FABIO FERNANDO MEZA

martes, 19 de junio de 2012

MARTÍN ELÍAS: CANTA ENCANTA


El 18 de junio de 1990, en Valledupar, nació uno de los tantos hijos del cantante vallenato Diomedes Díaz esta vez del vientre de Patricia Acosta, hija de “el negro” Acosta. Entre otras cosas su último hijo del matrimonio con Diomedes. El mundo vallenato siempre lo conoció como su padre lo bautizó en su corazón para toda la eternidad: el gran Martín Elías.
Este muchacho hoy por hoy es una realidad del folclor vallenato y hace rato dejó de ser una promesa como tantas de las que abundan en este campo de la música, y su fama crece y crece como “el coquito” en los potreros, sobre todo en el público joven como si lo estuvieran esperando desde hace rato.
El éxito de Martín Elías se debe quizás a que no se cree el cuento absurdo de la fama. Él vive su día a día con mucha energía y se lo goza cada segundo. Ojalá que mantenga como hasta ahora los zapatos sobre la tierra y no deje que la pecueca lo invada, la pecueca de la mediocridad o el egocentrismo, quiero decir, ya que por ahí cerquita tiene un ejemplo de lo que no se debe ser ni hacer en este mundo tan incierto del vallenato.
Hasta hoy no he escuchado decirle que es el mejor, que los otros no sirven, como lo hace otro cantante casi contemporáneo de él que tristemente se quiere hacer famoso incitando a sus seguidores a denigrar de sus colegas. No sé si mañana cuando la fama, el dinero, el reconocimiento, lo acorralen, Martín Elías borre con los pies lo que tanto sudor y lágrimas le ha costado. Pueda ser que no.
Porque hasta ahora a todos los que esperábamos sus salidas en falso y su endiosamiento nos ha tapado la boca. Parece que mantiene la serenidad y la confianza que le da el haber encontrado un estilo propio donde todo el mundo imita a todo el mundo y eso hay que reconocérselo. No es fácil que con escasos 22 años cuente con una inmensa fanaticada y él con esa madurez las siga complaciendo con una devoción casi que suicida y un respeto que raya en lo medieval.
Hoy que todo es pan y miel nada de eso lo ha transformado y si ha cambiado es para bien. La vida le ha regalado lo que a muchos le demora y quizás nunca alcanzan como lo es reconocimiento, admiración y respeto. Su triunfo es de largo aliento porque posee todas las características para seguir “cortando rabo y orejas” como orgullosamente dice su padre, quien paradójicamente se compara con su hijo en vez de ser lo contrario. Pero debe ser para demostrarle lo orgulloso que está de su último retoño con Patricia Acosta.
Martín Elías no se dejó vencer de un golpe bajo que alguien que no juega limpio le quiso asestar y se levantó de sus cenizas y supo elegir a su compañero de triunfos, sueños y gloria como lo es Juancho de la Espriella, todo un señor profesional y un indescriptible ser humano lleno de virtudes tanto en lo personal como en lo profesional.
Alix Gutiérrez, una cachaca con corazón costeño quien reside en Estados Unidos, hablando del fenómeno musical que encarna Martín Elías, me dijo: “no le des más vueltas, hermano, Martín Elías no solo canta, también encanta, para que lo sepas”
Martín, por ahí es la cosa. Ese es el camino. No te dejes torcer el sendero por el silbido mentiroso de sirenas que no existen en la realidad. Sigue caminando derecho y no mires para atrás porque asustan. Sé que tu pedestal estará adornado con tu canto y carisma por mucho tiempo si le haces caso a tu corazón, eso es más seguro que “mango maduro en boca de puerca” y no te confíes porque como lo dijera alguna vez tu padre, “lo que van delante no van lejos y los de atrás se apuran”
FABIO FERNANDO MEZA
  

jueves, 24 de mayo de 2012

SÍ, RAFEL OROZCO, SE LLAMABA...

“Como ese no hubo, no hay, ni habrá”, “fue, es y será mi cantante estrella”, es lo que se le escucha decir a sus admiradoras, su principal fuerte. Para nadie es un secreto que el cantante de música vallenata Rafael Orozco, tenía a todas las mujeres como sus más fervientes fanáticas. Muchas de ellas sintieron morirse con él aquella noche negra del gran ayer. Los hombres parranderos se deleitaban con su música desde la tarde aquella de sábado cuando Rafa se montó a una tarima improvisada en la población de Aguachica, Cesar, solicitado por el gran acordeonero Miguel López, corría el año de 1976 y ya Rafa había grabado con “el comandante” Emilio Oviedo; la gente allí presente se enloqueció con el estilo que ya empezaba a imprimir en sus cantos el cantor de Becerril. Algunos de estos parranderos lo siguieron hasta poco antes de su muerte, porque sus grabaciones recientes ya no servían mucho para parrandear sino para evocar cosas románticas, cosas bonitas, para serenatearle a la enamorada hasta que el sol por cualquier parte apareciera. La gran disyuntiva de Rafa era si quedarse en Becerril vendiendo agua en su burro alborotado, aprender con su papá a tocar acordeón, vestirse a la moda en el almacén “el agáchate” de Valledupar y mantener su cabello espeso con brillantina, o salir a buscar una vida mejor. Y la encontró en Barranquilla de la mano del médico y compositor Fernando Meneses Romero, allí se olvidó de la promesa hecha a Miguel López de grabar juntos y se inscribió en la Corporación Universitaria de la Costa a estudiar Administración de Empresas. De allí lo sacó Israel Romero cuando se había separado de su cantante Daniel Celedón y Rafa andaba sin rumbo fijo. Desde el comienzo de su carrera, Rafael Orozco tuvo que vérselas con los puristas del vallenato, con los que les gusta el vallenato cerrero, sin un poquito de azúcar. Ellos no asimilaban muy bien el estilo impuesto por Rafael y las críticas no cesaron hasta mucho después de su muerte, acusando al Binomio de Oro de haber distorsionado la música vallenata para satisfacer intereses personales y que detrás del estilo de ellos se fueran algunas de las figuras de la música vallenata de hoy. Al igual que sus padres, hermanos, esposa, hijas y amigos, sufrió “la vieja Nuñe” con la partida para siempre de su “Rafita”, esa abuelita villanuevera con un alma noble, de esas almas que ya no venden en la tienda de la esquina, la mamá del acordeonero Israel Romero era feliz cuando el cantante la llamaba casi todas las mañanas a darle los buenos días, a mamarle gallo, a preguntarle si se había estrenado el vestido de flores amarillas que él le había traído de su gira por Venezuela. Gozaba “la vieja Nuñe” cuando Rafa le cantaba el merengue de Héctor Zuleta Díaz: yo no se que es lo que pasa / entre los santos y yo / cada uno escribe una carta / cada uno me pide un favor / san José Gregorio Hernández me mandó un marconi urgente / y me pide que le mande medicina pa` un paciente / ese santo que es doctor del cielo me ha encarga`o / que le mande esparadrapo, merchiolate y algodón / que san Pedro maromeando se cayó y se escalabró… la abuelita cuando lo escuchaba, con toda la ternura que irradia le decía muerta de risa: “ese muchacho de los diablos tiene unas vainas!. Te va a castigar Dios, caracho!” Detrás de los triunfos evidentes de Rafael e Israel siempre hubo una mano de hierro para con el grupo, del que ellos se ufanaban, con razón, de ser el mejor tanto en acople y en coros así como en coreografía y vestuario. Pero no todo era color de rosa para los líderes de la organización Romero Orozco: En la mayoría de las veces, cuando por dos o cuatro meses se encerraban a grabar sus canciones en los estudios de su única casa discográfica en la ciudad de Medellín, o bien por el cansancio, o bien por la tensión, o bien por el nerviosismo que les producía el querer brindarle lo mejor a sus fanáticos, en plena sala de grabación y sin venir a cuento, sin motivos aparentes, las cabezas visibles del grupo se agarraban a trompada limpia, a puño físico, compadre!; entonces intervenían los demás integrantes del grupo y los técnicos de la grabación para separarlos. Gracias a Dios todo quedaba de ese tamaño, porque luego se abrazaban y se reconciliaban y todo quedaba superado. Rafael Orozco siempre reconoció que las puertas del estrellato se las abrió la virgen del Carmen vestida con la canción que compuso su compadre Diomedes Díaz, a quien él bautizó como se le conoce al hijo de la señora Elvira: El Cacique de la Junta. Una noche de vientos cruzados, sus padres vieron en la cocina que el café se derramaba en la olla de barro en el fogón y ni la cuchara de palo pudo evitarlo, era porque en ese preciso momento a muchas leguas de su casa paterna Rafa a todos nos estaba diciendo adiós, presentía que para él ya casi estaba anocheciendo y vislumbraba en el horizonte el sueño de los que esperan despertar en lo eterno. Sí, alguien a quien no le gustaba el vallenato lo mandó antes de tiempo a encontrase con la estrella de David, alguien que no le gustaba que Rafa nos enseñara en cada parranda que quien se durmiera lo trasquiláramos, alguien que no soportaba ver que conseguíamos una novia con cada una de sus inolvidables melodías, alguien que envidiaba que Rafa cantara el amor-amor, manchó sus versos con sangre. Rafa alcanzó a ver con alegría que sus cantos se perdían como el humo en la montaña por todos los confines de nuestra basta geografía: estaban allá donde la noche era más noche, allá donde las tardes no morían, allá donde las aves libremente ya no pican los frutales cada día, allá donde todavía se escucha el ladrido de los perros cuando va muriendo el sol, allá donde se ocultan los luceros con la nieve, allá en la cabaña que está bajo un fresco naranjal, allá en la tierra que brilla, allá donde hay copitos de nieve, allá donde hay un corral de ganado escoltado por unos mangos centenarios... A aquella muchacha preciosa, bailadora de chandé, nunca se le hizo su sueño realidad: que Rafa incluyera en su itinerario a su humilde pueblo para ella recibirlo con un millón de rosas rojas cultivadas especialmente para él con todas las fuerzas de su ser; y después de que ella se embriagara con sus cantos, el cantante hiciera con ella lo que le diera la gana. Las almas buenas se van para siempre de manera súbita, sin avisar, sin despedirse, cuando menos se espera, sin darle tiempo a uno de que busque un poquito de agua en la tinaja para poder digerir tan infausta noticia. Días después de su muerte, cuando yo trataba de encontrarle razones a la desaparición tan absurda del cantante alegre y sentimental y las piezas de este horrible rompecabezas no me cuadraban, esa explicación que no encontraba me la regaló una tarde de junio, una de sus miles de fieles seguidoras, la seño Gloria, mi madre: Toty, es que Rafael José Orozco Maestre no era de este mundo. FABIO FERNANDO MEZA fafermezdel@gmail.com

domingo, 15 de abril de 2012

EL ÁNGEL DE CANDE

No me había repuesto todavía del jab de derecha en la mandíbula que me acababa de dar el destino cuando otra noticia peor me mandó a la lona: Cande había partido sin tiempo de despedirse, sin tiempo, esta vez, de repartir pasta de coco.

Yo he tratado de superar todo esto de la mejor manera que se me ocurrió: encerrándome y sin dejar que nada ni nadie me molestara. Pero hasta allá me persiguieron sus anécdotas, su carcajada, su seriedad pícara como si ella no hubiera sido la que ha contado la historia de la que todos reíamos sin parar: “Cuando José, oyó…estaba aprendiendo a manejar un carro que compró, oyó…, de pronto yo miro para la calle y veo como si fuera el carro ahí parado en el portón y salgo corriendo a abrirle y veo el carro contra la pared de mi comadre Eli, oyó…, y dije, mierda, José le tumbó la casa a mi comadre por tratar de meter el carro, si él está es aprendiendo…de pronto suelta su original carcajada y sigue: “era que esa casa la acababan de pintar del mismo color del carro, y yo no me había dado cuenta…”

Yo me he puesto una cura de burro para poder resistir tantos embates del destino: recuerdo a las personas de muy adentro del alma mía que ya se han ido como en sus mejores tiempos, sonrientes, echando cuento, saludables…

En los recientes carnavales estuve en el pueblo y siempre llegaba a la puerta de la casa de esta respetada y admirada familia pero por raros motivos me quedaba con alguno de sus hijos hablando en la puerta y no entraba a saludarla. Una mañana fui a pedirle tinto y me dice: a mí sí me habían dicho que usted estaba aquí y yo decía que no, porque si así fuera ya hubiera estado aquí. Después de perdonarme me regaló de ese tinto delicioso que sólo ella sabe hacer, y luego de disculparme, le dije que si esta vez no me iba a regalar alguna anécdota. Se quedó mirando el techo del famoso quiosco que hay en el patio de su casa y comenzó: “Este cuento me lo dijo su difunto tío Mello Delgado, oyó…, resulta que él estaba ahí sin hacer nada en la casa de su abuela Rebeca, robándole las monedas de la tienda, oyó…, y su abuela no sabía qué hacer con el Mello, cuando llega mi compadre Rosemberg Jiménez, en ese tiempo no éramos compadres, oyó…, porque él es el padrino de Édgar, oyó…, en esa época él vivía con su tía Carlina en la casa que es de la señora Delfida, la mamá de la seño Casilda, y le dijo que se lo llevara para la montaña y lo pusiera a hacer algo. A las dos de la mañana se montó su tío Mello en una mula y se fue. Cuando estaban llegando a la casa de la finca de mi compadre, comenzó mi compadre Rose a dar órdenes: fulano haz tal cosa, zutano haz tal otra, Perencejo tal cosa…y su tío Mello oyendo, oyó…, de pronto al llegar a la casa mi compadre Rosemberg se baja de la mula y se añingota detrás de un matojo y dice: ah, y tú, Mello, te pones a echar terneros, después lavas los tanques y más tarde… Y su tío Mello lo interrumpió: No joda, Rose, tú si estás jodido, te la pasas es dando órdenes, no eres capaz de disfrutar del placer de una buena cagada…”

Yo la quiero seguir recordando así, con su chispa a flor de labios, su cabello largo y negro y su pasión por los carnavales y los porros y fandangos que los bailaba como toda una maestra aunque después se quejara de que le dolieran las piernas para que el doctor Edulfo la consintiera como sólo él sabía hacerlo y todo dolor se le quitaba.

Realmente me ha aliviado el hecho de recordar todas sus anécdotas, esas que guardaba “para cuando Toty venga…”. Y así era. Algunas veces su saludo era: le voy a contar una cosita, y ella sabía que entre más viejo el cuento a mi me gustaba más

Siempre llevaré en mi corazón no sólo el aroma del café que ella me regalaba sino su valor para enfrentarse a un pueblo desconocido para ella, ya que era hija de las Sabanas de Sucre, y mucho más casarse con el Playboy de la época, que acababa de salir del ejército y se la pasaba con un llavero dándole vueltas en su índice derecho, merodeando por la casa de Celso Siado, donde ella vivía. Aunque le tocó pelearlo con Luisa Novoa y Carmen Navarro, Toty, cómo le parece… Me tenían un apodo...Recuerdo que me decían “La Zunga”… y yo le decía a una de ellas que no me acuerdo a cuál, “la espeluzcá”…

Fue una pareja que le puso el pecho a tantos sinsabores y enfrentaron valientemente las trampas del destino. Ella se fue como quería: así, de un solo cipotazo, Toty, sin darle conduermas a nadie. Yo le digo a José que cuando los dos estemos viejos y él me vaya a ayudar a pararme nos vamos los dos al suelo, y caemos Braaá…y soltaba su carcajada y me contagiaba de su alegría.

Alguna tarde pasaba por su casa y me llamó: ¿usted no ha visto al Ángel mío? Me preguntó. Yo le dije: Cande, me encontré con él en el camino del monte. No él no es, me respondió. Yo no puedo creer que usted no sepa quién es mi ángel, me dijo. Al ver mi cara de sorpresa agregó: usted está igual al chavo cuando en la clase el profesor Jirafales le pregunta cuánto es uno más uno, y el chavo se queda pensativo y dice: ¿Me puede dar más pistas?.

Desde ese día supe que la persona que es mi amigo desde antes de nacer se llama Ángel David Ruiz Aguilera, y es y será por siempre el Ángel de Cande, su hijo.

FABIO FERNANDO MEZA